Testimonio sobre el P. Luis Mari Martinez San Juan, misionero paúl

Hacer un viaje a la infancia es siempre un arma de doble filo, porque en ella encontramos vivencias y recuerdos que hace mucho tiempo que quedaron aparcados en el desván de la memoria. Nos encontramos con personas que fueron parte de nuestra vida, y que hoy desaparecieron, dejándonos más solos. Viajar a la infancia es viajar a la seguridad de sentirse querido, a ser feliz porque sí, en un tiempo en el que los días, las semanas, los meses eran largos, y la percepción del tiempo muy distinta; la risa era como fuente en cascada, y la mirada limpia. La familia, los compañeros de colegio, los vecinos, todo era de verdad, lo bueno y lo malo, la ingenuidad, la bondad…: no había trasfondo, al menos yo, ni siquiera lo contemplaba.

luismari_4Yo estudiaba en el colegio del Ave María, en el barrio de la Estrella, comúnmente llamado “el Cerrico”. En este entorno vivíamos familias de muy distinta procedencia: gitanos, mercheros, payos y renferos; todos teníamos en común que éramos gente humilde, que necesitábamos del trabajo para poder comer. Íbamos a la tienda del Payo gordo o a la de José y Paulina, y tras la compra, éste sacaba la libreta donde te apuntaba lo que te llevabas y se liquidaba cuando el padre cobraba el jornal, empezando de nuevo la cuenta. Todos convivíamos, junto con las Avemarianas, en paz unos con otros, pero con muchas dificultades económicas.

Los niños acudíamos a las escuelas de las Hermanas, donde pasaban revisión: “fulanita, ve a casa a que te peine tu madre”, o, “ve a buscar a éste que hace días que no viene”… Era frecuente ver por la calle a niños descalzos, medio desnudos, con los mocos nariz abajo… En el “Cerrico” había cuevas, donde vivían familias hacinadas junto con los animales, y donde era muy fácil, si entrabas en ellas, salir llena de pulgas… Había otras familias que vivían en casas alquiladas por las Hermanas, donde la higiene y la educación se armonizaban con la humildad y la sencillez de vida…

Al otro lado de las vías del tren estaban las Casas de la Renfe, 64 viviendas, que estaban ocupadas por ferroviarios. Yo vivía allí: mi padre era el guarda de aquellas viviendas. Mi madre quiso que yo fuera a aquel colegio, cosa que le agradezco: me ayudó a ver la realidad desde mi más tierna infancia, a valorar a las personas por lo que son y no por lo que tienen, a apreciar lo que la vida te da   y muchas cosas más…

Fue a finales de 1970 cuando llegaron los Padres Paules al barrio; yo tenía 11 años y estudiaba 6º de EGB, el último curso que podíamos estudiar allí; después había que ir a otro colegio.

luismari_3Llegó primero el Padre Rafael, y poco después, el Padre Luis Mari; éste, recién ordenado, larguirucho; era muy alto. Cuando se tiene 11 años, las cosas y las personas se ven más grandes que a los 40. Con ellos llegó la revolución al barrio. En el piano que tenían las monjas, nos probó a todas la voz para encuadrarnos en el coro; y toda la vitalidad que aquellas niñas teníamos, la lucha, las dificultades, las ilusiones, las encauzó en dos equipos de baloncesto, a los cuales entrenaba: se llamaban Estrella Azul. Yo formaba parte del equipo de las pequeñas; era tan delgaducha como un junco, y después de un tiempo, mis padres consideraron que las energías que yo tenía las debía aprovechar para crecer y desarrollarme… Y me quitaron del equipo: mi enfado y mis protestas no me sirvieron de nada.

Recuerdo con verdadero cariño las misas del gallo, en Nochebuena: eran una gozada; ensayábamos los villancicos, y el Padre Luis nos dirigía y acompañaba con el órgano; a mí me sonaban a coro celestial.

Al siguiente curso, tuve que marcharme del colegio, por lo que fui teniendo menos contacto con él. Después   pasamos a formar parte de la parroquia de San Vicente de Paúl, y allí encaminé mis pasos y mi colaboración. Luis Mari siguió muchos años más en el barrio, trabajando por los más pobres y necesitados. Pero yo, entonces, perdí el contacto con él.

luismari_5Trascurridos 40 años, una tarde llegó a la parroquia de San Vicente el Padre Luis Mari, como responsable de misiones; nos propuso hacer una misión en nuestra parroquia; allí nos explicó en qué consistía… Al término de la reunión le dije: ¿no me conoces, P. Luis? – Ahora sí, me contestó, tu voz la conozco: eres Aurora, recuerdo a tus padres…

Lo vi en otras dos ocasiones: cuando hizo la misión en la Parroquia del Buen Pastor, en una cena junto a mis amigos, Fernando, Concha, Vicenta y Esteban… Allí charlamos, reímos y recordamos… Antes de despedirnos me dijo: Aurora, me gustaría que formaras parte del equipo de misiones…

La segunda vez que nos encontramos fue el 29 de Septiembre de 2012, al celebrar el funeral por el P. Javier Artaso, tan querido en el barrio, fallecido el 8 de Septiembre de ese mismo año. El P. Luis apareció junto al Padre Rayco, con la acordeón en mano y la letra de una jota dedicada a Javier. El P. Luis componía las letras en un plis-plas… No se pudo hacer una misa mejor a Javier! En esa misa estábamos las personas que le queríamos, con nuestro cariño, nuestras canciones…, y las jotas, lo que a él más le gustaba… Esta vez las jotas iban a ser acompañadas del acordeón, y la voz de Luis Mari, impregnada de la alegría de todos. ¿Se puede celebrar una misa funeral mejor?

luismari_2Desde entonces empezó a mandarme el power-point semanal que confeccionaba con el evangelio del domingo… Yo le hice algún que otro comentario, y siempre estuvo atento: leía entre líneas, y no dejaba que pasara el tiempo; la distancia no era un problema; siempre disponible, en el mismo día, me llamaba por teléfono y ponía luz en mis oscuridades, paz en mi corazón, y tranquilidad en mis miedos. La última vez que me escribió fue el 25 de Noviembre de este año. Me decía:

“Tu e-mail, Aurora, no ha sido ni una borrasca ni una granizada, sino una brisa suave y reconfortante. Sabía de ti por nuestro amigo Fernando, pero echaba de menos alguna de tus reflexiones.

Conforme iba leyendo pensaba: esto no es para responder en un correo, sino de viva voz. En cuanto pueda, me tienes a tu servicio. Pero, si antes tienes alguna pregunta concreta, te la intento responder. Y, de ninguna de las maneras, me he dicho: ¿por qué me cuenta ésta esto? Aunque fueran tonterías, ¿para qué piensas que me he hecho cura, si no es para escuchar?

Y una cosa, de momento: Yo también sufro contradicciones; a veces, creo que injustamente. Pero, piensa: nos viene bien que nos poden. Así se va construyendo desde ya nuestro “hombre nuevo”.

Con mi oración y un beso grande. Hasta el ”power” del fin de semana. Tu hermanico, Luis Mari.”

luismari_1Quedó pendiente nuestra conversación, y, sabes, no me ha hecho falta convivir mucho tiempo contigo para apreciarte, los caminos de Dios no son nuestros caminos; te encontré en diferentes momentos de mi vida, las dos veces me aportaste cosas buenas, siempre como pastor, al cuidado del rebaño.

El viernes, 26 de Diciembre, abrí el correo electrónico buscando ese correo del evangelio de ese domingo, el Bautismo de Jesús, y no estaba; pero, he puesto la grabación de la misa de Javier Artaso, y he escuchado la jota que le compusiste y cantaste, acompañándote con el acordeón… Permíteme que hoy cambie su nombre por el tuyo.

“OS DEJÓ SU CORAZÓN, SI, SÍ…,
LUIS MARI, AL IRSE AL CIELO, SÍ, SÍ, ¡AY, AY!
OS DEJÓ SU CORAZÓN, SÍ, SI,
CULTIVANDO UNAS SEMILLAS,
DARË GRACIAS POR SU AMOR, SÍ. SÍ
DARE GRACIAS POR SU AMOR, SI, SÍ.   ¡AY, AY!
LUIS MARI ESTÁ AQUÍ VIVO, SÍ, SÍ”

 

LUIS MARI, GRACIAS.

Aurora Iniesta

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